RE38 Querida nueva amiga…


No recuerdo exactamente cómo empezó todo, pero de lo poco que vislumbro tras la resaca es que este fin de semana nos hemos convertido en buenos amigos. Amigos con derecho. Así, porque surgió y nos gustó.

Recuerdo que estaba tomando algo y al girarme en la barra, mi bebida, no me preguntes cómo, quiso empapar tu escotazo.

Seguidamente me disculpé y te conseguí una toalla para secar tu blusa. Te juro que no lo hice intencionadamente. Te juro que ni te había visto. Te juro que no me arrepiento de haber encontrado a alguien tan maravillosa como tú.
Me resultaba patético verme a mí mismo mirando de esa forma tu pecho empapado. Mientras mi cabeza intentaba reaccionar para encontrar una solución, por debajo de mi cintura estaba sucediendo algo que no esperaba que ocurriese.

Recuerdo que te propuse lavarte la blusa y devolvertela limpia esa misma noche. A pesar de no conocernos de nada, aceptaste venir a mi casa y esperar por tu blusa.
Cómo llegamos, no lo sé. Sólo sé que estabas en mi casa, puse la lavadora con tu blusa y volví a quedar paralizado con la escena que encontré delante de mí: tu belleza irradiando una luz intensa y tu torso únicamente oculto con tu sujetador y tus manos.

Corrí a mi habitación y cogí una manta para ponertela por encima de los hombros. Al rodearte con ella, sin querer te abracé y me dí cuenta de que realmente deseabas estar a solas conmigo. Poco después estábamos tumbados en el suelo, hablando de verdaderas tonterías que hacían que tu sonrisa se propagase por todo el salón.
Inconscientemente puse mi cara en tu barriga y te abracé por la cintura. Me quedé atontado sintiendo tu piel contra mi cara y al poco, tus dedos se enredaban en mi pelo, jugando plácidamente, como si ocurriese todos los dias.

Continuamos charlando y riendo. Sin poder evitarlo, besé tu ombligo y un pequeño suspiro de tu boca me alertó. Repetí el beso y tus piernas se flexionaron un poco a la vez que otro suspiro ensordecía mis oídos.

Llevé mi mano a tu vientre y comencé a acariciarte lentamente. Tu respiración se volvió irregular y algo forzada. Tus rodillas se flexionaron más y decidí llevar mi mano más allá de los confines del mundo… No hubo vuelta atrás. Poco a poco, mis besos y mis caricias se transformaron de inocentes a provocadoras. Mis dedos querían traspasar la frontera de tus pantalones y se metían por debajo de la cintura. Convertiste tus suspiros en susurros, y me propusiste la idea de que tus pantalones también estaban mojados. Desabotoné tu pantalón y bajé la cremallera con delicadeza. Volví a acariciar tu vientre y mis dedos se paseaban por debajo de tus bragas. Beso a beso fuí reclamando mi territorio y descubrí tu húmeda respuesta en la yema de mis dedos.

Cerré los ojos y me concentré en cada pliegue de tu sexo, en cada caricia, en cada gemido que expelían tus labios. Tocaba cada rincón como un músico toca su instrumento, sacando del frio material una melodía divina y cálida. Tu cuerpo se acomodaba más en el suelo y tus dedos atenazaban mi pelo con pasión. Poco a poco transportaba mis besos junto a mi mano, llegando a combinar besos y caricias sobre tu sexo.

De poco me sirvió ser delicado contigo cuando izaste la pierna por encima de mi cabeza y la pasaste, dejandome un acceso total a tu intimidad. Abrí la boca y saqué mi lengua para lamerte de abajo a arriba. Saboreé tu flujo como un experto catador, rebuscando cada pequeña gotita escondida entre tus pliegues mientras tu boca continuaba emitiendo la música celestial que nos envolvía.

Elevé tus nalgas e introduje mi lengua dentro de tí, sacándote un largo y sonoro gemido. Acariciaba tu clítoris a la vez que succionaba más flujo dentro de mi boca. Aquella parsimonia enloquecía tus sentidos por momentos, denotando tu impaciencia por ser penetrada.

Poco a poco abandoné tu sexo tan mojado como excitado y me deslicé hasta encontrarme con tus pechos. Aquellos grandes pechos que avergonzada me ocultaste al principio, ahora se yerguen imponentes ante mí, acariciados por tus manos y pellizcados con verdadera lujuria para mi satisfacción. Besé tu suave piel y amamanté la lascivia de tus senos hasta que mi cuerpo no pudo contener más el secreto de mi estado.

Lentamente fuí rozando tu piel con mi piel hasta que me escurrí dentro de tu cuerpo dejándome llevar por el desenfreno de nuestra apasionada aventura. Te regalaba un beso en tus pechos con cada embestida de mi cadera. Los masajeaba con mis dedos y mi boca como queriendo dar forma a mi lujurioso propósito que no llegaría aún, aunque tu cuerpo ya convulsionaba entre descargas y calores.

Anoté tu primer orgasmo poco antes de que mi boca abandonase tu sexo y ya estabas regalandome el segundo en este trance. Poco te resististe a mi sensual caballerosidad y fuiste presa de un aluvión de sensaciones que asalvajaron tu consciencia, dejándome en un segundo plano enroscado en tu cuerpo.

Seguí embistiéndote durante varios minutos más con tu cuerpo a cuatro en el que tus pechos descansaban encima de las sábanas y tus nalgas rebotaban contra mi cuerpo. El duo fué exquisito. Nuestros cuerpos se sincronizaron al igual que nuestros deseos y la sinfonía concluyó con un inesperado grito de pasión a dos voces, llenándote de infinitas notas de amor en el silencio de la noche.

RE37 El Experimento


Se despertó sobresaltada. Sudaba y respiraba agitadamente sentada en la cama, en la penumbra de la habitación. El sueño la había trastocado.
Aún sentía su cuerpo caliente. Notaba cómo el flujo resbalaba, generoso, lentamente entre los labios de su vagina hasta acabar en la bajera de la cama.

Sentía el fragante aroma de la varonil colonia. Atravesaba su nariz y se metía en el interior de su cabeza, como una aguja de cirugía, hasta llegar al punto más primitivo y sexual de su cerebro. En ese punto, volvía a agarrarse a las sábanas de la cama y volvía a sufrir la placentera descarga eléctrica de su apasionado orgasmo.

Era imposible salir de aquél laberinto de sensaciones, de aquellos espasmos contínuos que resultaban interminables.
Estaba agotada.

Deseaba salir de aquella espiral eterna de convulsiones, pero se dejaba hacer. No podía más que rendirse a aquél suplicio tan misterioso.
Poco a poco, de nuevo agotada, volvía a dormirse. Y allí yacía, desnuda, en aquel cuarto de 3 por 4 acolchado de un rojo terciopelo e iluminado por una luz ínfima que apenas dejaba vislumbrar el fondo de la habitación a través de los pesados párpados que ocultaban el verde luminoso de sus ojos.

Las sábanas negras de seda cubrían la cama que se extendía casi por todo el cuarto. Un par de puertas a los pies de la cama eran la única nota discordante.

La primera daba al baño. Era un cuarto bastante bien iluminado con un retrete, lavabo, bidé, un jacuzzi grande en una esquina y una ducha amplia con mamparas acristaladas. Era de un blanco cegador, aunque el revestimiento de la ducha era de piedra, con salientes en los que agarrarse para no caer. Aunque no era ese un problema ya que el suelo de la ducha era de piedra, calefactada por radiación en el suelo. Todo el baño era así. Se podía ir de una estancia a otra sin necesidad de calzarse.

La otra puerta daba a un pasillo que hacía las veces de vestidor, con armarios empotrados y sin puertas, donde se encontraba su ropa y su calzado. El suelo también era radiante, igual que el del baño. Tras el pasillo, otra puerta.
Nada recordaba de cómo había llegado allí. Nada, salvo el perfume de su colonia.
Había pasado bastante tiempo.

Le resultaba imposible determinar cuánto había pasado en aquella estancia. Escuchó pasos de zapatos. Lentos, pero seguros. Se acercaban y se alejaban casi contínuamente, pero eran tan lejanos como su memoria. Escuchaba tintineos en la lejanía, como si alguien estuviese tomando un té o un café a media tarde.

Un olor a comida recién hecha invadió su sentido del olfato. ¡Estaba muerta de hambre!.

Poco a poco iba desperezándose de aquel cansancio que la mantenía atada a aquella cama. Entreabrió los ojos y vio su silueta, o creyó reconocerla… Adivinaba que sería un hombre de unos cuarenta años, bien educado y bien vestido. Alargó la mano para tocarle, pero su mano se quedó suspendida en el aire un segundo para terminar cayendo pesadamente encima de la cama.

La sombra se acercó y cogió su mano. Tenía el pulso fírme. La levantó y se la llevó a los labios para besarla con suavidad. Luego volvió a dejarla sobre la cama.

Pasó una de sus manos por debajo de su cuerpo y otra por detrás de sus rodillas, y la incorporó, acomodándola con las almohadas. Se alejó unos metros y puso sobre sus piernas una bandeja con un vaso de zumo de naranja, un chocolate caliente y algunos croissants que desprendían un olor delicioso.

– Deberías comer algo, Jeanne. Se te ve muy agotada. ¿Te apetece algo más?.
Jeanne negó con la cabeza y cogió temblorosa el vaso de zumo. Él la ayudó a llevarselo a los labios y beber.

Apenas podía sostener el vaso con la mano.
– ¿Prefieres que te alimente yo?.
Jeanne afirmó con la cabeza mientras intentaba que sus ojos enfocasen aquella figura masculina. Poco a poco vislumbraba un hombre de camisa azul, mirada seria pero dulce, gafas de pasta negras… Lo conocía…
– ¿Max?.  – balbuceaba-  ¿Qué ha pasado?. 
Max cogió un pedazo de croissant y lo mojó en el chocolate caliente. Luego se lo acercó a Jeanne a la boca, quien lo mastica lentamente mientras apenas podía mirar fijamente el rostro de Max sin pestañear con pesadez.

 – ¿En serio quieres continuar con esto?. Por favor dime que no, Jeanne. 
Tras las palabras de Max, Jeanne comenzó a recordar lo que había pasado.
Jeanne había estado investigando algunos compuestos en el laboratorio y las posibles respuestas a nivel neuronal. Pero este último, presumiblemente inocuo para los hombres, la estaba martirizando a nivel sexual.

Era un inyectable, una pequeña dosis, y la mantenía como drogada durante largo tiempo.
Max ya se lo había inyectado y no sufría ningún síntoma. Jeanne, sin embargo era todo deseo, todo lujuria, incansable al principio… E insaciable.

 – Max, ¿cuántos orgasmos llevo ya?. 
 – Mejor los cuentas tú cuando veas lo que ha grabado la cámara de vigilancia. 
Max se entorna y señala un punto luminoso blanco que está frente a ella, a unos dos metros de altura.

 – ¿Y cuánto tiempo llevo aquí?. 
 – Unas cincuenta y tres horas… sin descanso. ¡Has tenido orgasmos hasta dormida!. 
Jeanne continua masticando pedacitos de croissant mojados en chocolate que Max le va ayudando a meter en la boca.

El perfume varonil regresa inesperadamente a la nariz y nuevamente los espasmos y las contracciones de placer vuelven al cuerpo de Jeanne.

 – ¡Esa colonia!. ¡Max, tu colonia!. Aaahhhmmm… Aaahhhmmm… Aaaaahhhhhmmmmm… 
Otro orgasmo. Ella no pudo evitarlo y propinó una patada a la bandeja que elevó por los aires los croissants y todo lo que había encima de la bandeja. El suelo y parte de la cama estaban cubiertos de zumo y chocolate. Incluso la impoluta camisa de Max, que la miraba como si hubiese confesado un crimen, tenía un gran lamparón marrón oscuro que abarcaba el pecho en diagonal, desde su hombro izquierdo hasta su costado derecho.
 – Yo… Yo no… Yo no llevo colonia, Jeanne. 
Ambos se quedaron mirándose perplejos un buen rato.

Pasado este tiempo, Max comenzó a desabotonarse la camisa y se la quitó, dejando el torso al descubierto. Se agachó y comenzó a recoger todo lo que había tirado Jeanne de la bandeja.

Ella no dejaba de observarle. Quería ayudarle, pero sabía que si se movía de la cama, podía perder el equilibrio y caer al suelo.

 – Nunca te había visto así, Max. Se nota que sabes apañartelas solo. 
Max se incorporó y se ausentó de la habitación un momento. Salió en dirección al baño y, tras unos segundos, volvió a entrar en la habitación con una bayeta húmeda. Limpió las manchas de chocolate que había en el suelo y retiró la sábana de la cama, dejando a Jeanne totalmente descubierta, desnuda e indefensa ante la mirada de Max.

Volvió a dejar la habitación en dirección al baño y regresó al poco tiempo.

 – Creo que se ha terminado la hora del tentempié. 
Jeanne notó cierta ironía en la frase de Max, y sonrió levemente.

Max iba a abrir la puerta que da al vestidor cuando Jeanne lo frenó en seco.

 – Max. Después de tantas horas delante de una pantalla vigilándome, ¿no has tenido ganas de…?. 
 – Si te soy sincero, no he podido evitar sentir cierta emoción al ver cómo te venían los orgasmos… Pero después de unas horas, me acostumbré y ya no le doy tanta importancia. 
Jeanne observa a Max junto a la puerta, medio desnudo, y una loca idea se le cruza por la cabeza:

 – Max. Tu me has estado viendo desnuda todo estas horas… ¿Me concedes el privilegio de verte a tí de la misma manera?. 
Max se queda atónito por la petición de su compañera de laboratorio y titubea unos instantes.

Después de pensar un rato, Max se desabrocha el cinturón y el pantalón para dejarlos caer al suelo. Después de quitárselos, desliza el slip por las piernas descubriéndose y mostrando a Jeanne todos sus atributos.

Ella comienza a sentir la terrible incomodidad de otro orgasmo. La visión de su compañero la ha puesto otra vez en excitación y se agarra fuerte a la bajera.

 – Max, ven. Quédate conmigo. 
Max se acerca lentamente y se sienta en la cama junto a su excitada compañera. Jeanne suelta la bajera y acaricia el pecho de Max mientras convulsiona nuevamente. La excitación la está volviendo loca. El perfume varonil regresa de nuevo a la nariz y Max ha reaccionado a sus caricias. La visión es aún más alocada…

 – ¿Quieres follarme? 
Max no se hace de rogar dos veces. La desea y acaricia los muslos de Jeanne con ternura. Ella abre sus piernas y exhibe toda su flor deseando que él la reciba como un salvaje, pero no es así…

Max se desliza entre sus piernas besandola un pie, el tobillo, subiendo hasta la rodilla y continua por el interior del muslo mientras que Jeanne se torna obsesión por enésima vez. Los labios de Max marcan el camino del deseo y una nueva oleada de sensaciones llegan a su cerebro.

Jadeos cada vez más fuertes inundan la habitación.

Él llega a los labios de Jeanne y los besa suavemente. Besa toda la zona y acaricia el interior de los muslos con roces sublimes. Jeanne poco a poco va sintiendo cómo el fuego de su interior va cubriendo toda la piel hasta llegar a besar a Max cuando sus labios se posan de nuevo en ella. Quiere morirse de placer, pero esta vez no está sola. Algo caliente y húmedo la acaricia repetidamente en los labios exteriores. Algo que ella reconoce inmediatamente y que hace que su vulva florezca y se abra como una granada madura. La lengua de Max recorre el interior de su raja, provocando que ella arquée la espalda y grite de placer. Mete la punta de la lengua entre los labios y saborea el dulce licor que emana de las entrañas de Jeanne.

Repite el gesto varias veces hasta que ella suplica la penetración total de su pene en el interior de la dolorida, pero solícita vagina.

Max, que está muy excitado, continua besando a Jeanne por el vientre, el ombligo y llega a los senos. Un pequeño roce de su enérgico miembro roza el interior de una de las piernas de Jeanne que, como un reflejo, abrió aún más las piernas para que el hercúleo pene de Max entrase por el sobrelubricado hueco vaginal. Él manoseaba y besaba los excitados pezones mientras Jeanne movía su pelvis intentando provocar la deseada penetración, hasta que Max decidió besarla y su miembro se introdujo en el cuerpo de Jeanne, haciendo que ésta recibiese una nueva oleada de sensaciones. El olor del perfume de Max era tan penetrante como su polla. Aquél olor estaba cubriéndola de nuevo por todo su cuerpo. No podía discernir si, era verdad que Max no llevaba ninguna colonia o si la había engañado y tenía algo de su propia invención…

Era tan sublime, tan atractivo, tan puro, que se dejó llevar por el momento y los sentidos. Dejó que aquel momento se eternizase entre sus brazos y disfrutarlo como nunca había disfrutado de un orgasmo en su vida.

El ritmo de las penetraciones de Max iban en aumento. Jeanne deseaba cabalgar aquel potro indomable, subirse a horcajadas encima de él y follárselo hasta que muriese de placer en lo más profundo de su ser. Como pudo, volteó a Max en la cama y se apoyó sobre su pecho, balanceándose rítmicamente hacia adelante y hacia atrás. Al hacerlo, sus pechos aún excitados, se movían como dos péndulos, chocando entre sí y bailando al compás lujurioso del encuentro. Max se excitaba mucho más con aquella deliciosa visión. Creía por momentos que iba a estallar dentro de su compañera, pero la maravillosa sensación de tenerla encima suya, con los ojos cerrados, deleitándose con cada uno de los movimientos de vaivén, la hacían mucho más hermosa de lo que él pudiese haber llegado a imaginar.

Jeanne se mordía los labios, gemía, jadeaba y se dejaba caer con más fuerza en la cadera de Max. El sonido de dos cuerpos húmedos golpeándose entre sí inundaba por completo la enrojecida estancia. Max se dejaba hacer y Jeanne se regía por los impulsos de sus hormonas, totalmente desbordadas.

El calor se adueñaba una vez más del cuerpo de Jeanne. Una sensación de lujuria y deseo desbordaba por cada poro de su piel. Necesitaba sentir de nuevo aquella sensación que había transformado su vida durante las últimas cincuenta y cuatro horas… Necesitaba sentir aquél último espasmo con el último destello de fuerza que brotase de su cuerpo. Un último grito de pasión desbordante antes de terminar rendida encima de la cama.

El calor del interior de su cuerpo se hacía insoportable. Notaba cómo un tipo familiar de cosquilleo le subía por las piernas hasta la cadera. De ahí pasaba al centro de su vientre y la enloquecía de tal manera que no podía evitar gritar como una sádica que la follasen más fuerte, con más ganas, que la empotrasen contra aquellas paredes, contra cada esquina, que la reventasen literalmente mientras aquella sensación divina se apoderaba de todo su cuerpo y que explotaba dentro de ella, llenando cada punto de su maltrecho cuerpo al que dejaba caer de nuevo en aquellas sábanas negras, dolorida en su interior y agotada por otro intenso orgasmo.
Max la volteó de nuevo y abandonó su cuerpo sin evitar masturbarse delante de ella, envalentonado por toda la excitación que se había apoderado de él y eyaculando en la cara de Jeanne que, aunque agotada, se relamía mientras esbozaba media sonrisa, fruto de la satisfacción de haber conseguido que su compañero la hubiese regalado aquellos minutos tan fantásticos en medio de un experimento tan extraño como fascinante.

Jeanne continuaba relamiéndose los dedos a la vez que sonreía con los ojos cerrados, muerta de sueño, mientras que Max entraba en el baño a lavarse para luego vestirse y continuar con el experimento. Cuando se disponía a entrar en el pasillo del vestidor, se volvió para mirar a Jeanne. Se acercó a la cama y se inclinó sobre ella, besó su sien y salió de la habitación.

 – ¿Qué ha pasado? 
Jeanne se desperezaba aún con el sabor del semen de Max y con su perfume en la nariz.

Ya no tenía esas ganas que tanto la habían atormentado durante interminables horas… El efecto había terminado… después de 60 excitantes horas.

RE36 Embarazadamente apasionada

Dicen que el sexo durante la gestación no es bueno, pero sé que no es así. Todo lo contrario, beneficia. Y si no, que se lo digan a mi mujer, que se excitó muchísimo durante una fiesta de verano y me las tuve que arreglar para “sofocarle los calores”.
La verdad es que no sé cómo empezó todo, pues yo estaba con mis cuñados y amigos tomando unas cervezas y ellas se habían adueñado de una mesa en la terraza del bar. Nos miraban a través de los ventanales y se descojonaban de nosotros como si fuésemos los payasos del circo. Yo la miraba y se reía mientras se tocaba la barriga, como si me indicase que yo era el motivo de todas las burlas.
Dos rondas después salíamos del bar y una vez que nos quedamos a solas, la curiosidad me corroía con demasiada fuerza.
  – “¿De qué os reíais tanto en la terraza?”.

  – “De vosotros… ¡Es que sois tan idiotas!”.

  – “¿Idiotas?, ¿por qué?” – mi curiosidad por sonsacarle la razón de sus risas iba en aumento.

  – “Porque pensais que ya no hay vida después de la paternidad”. 
Su respuesta me dejó perplejo y pensativo hasta pasada la cena. Sus hermanas pasaron por casa para que saliésemos de fiesta esa noche. Aproveché un momento en el que íbamos separados para coger a una de mis cuñadas del brazo y retrasarnos unos metros del grupo.
  – “¿De qué cojones estábais hablando en el bar? – solté con tono enfadado. 
Mi cuñada, viendo la preocupación en mi cara, no tuvo más remedio que decírmelo…
  – “No te preocupes. Sólo teníamos curiosidad sobre cómo la dejaste preñada… Ya sabes cómo cuenta las cosas mi hermana”. 
Entonces recordé que las risas no eran tan disparatadas. Aquella noche había sido muy payaso.

Llegamos a la fiesta y nos reagrupamos como es habitual, las chicas iban delante y nosotros detrás, comportándonos como yogurines saliendo de la discoteca. La música invitaba a bailar y mi preocupación por lo del bar ya había desaparecido. Nos adentramos en la zona de romería y pasamos unas horas entre bailes, cacharros y risas. Cuando ella me dijo que se encontraba cansada, decidimos volver a casa y dejar a los demás que continuasen la fiesta.
Estábamos en la habitación y ella se dirigió al armario a buscarse un camisón limpio. De pronto se echa a reír y me enseña el picardías de nuestra noche de bodas… ¡Menuda noche!. Se va corriendo al baño y al rato regresa con la prenda puesta y una sonrisa pícara…
  – “¿A que me queda bien, peluchín?”. 
Es imposible fijarse en otro punto de su cuerpo a primera vista. La barriga sobresale y su figura es de lo más sensual. El picardías ya no le cubre los muslos y deja ver toda su entrepierna desnuda, sin braguitas, y me doy cuenta de verdad de lo mucho que le han crecido ya los pechos… Está mucho más guapa y sensual ahora.
  – “Estás preciosa, cariño”.

  – “Mientes muy bien, peluchín”.

  – “Te lo digo en serio. Tienes algo…”.

  – “Es por el picardías, seguro. Te has quedado mudo por un momento”. 
Tiene razón. El picardías la hace muy sexy a la vista y que se la pueda ver el Monte de Venus invitándome a acariciarlo sin que ella se de cuenta, hace que en mi pijama empiece a notarse un excitado pene en cuya punta ya hay una buena humedad sobresaliendo.

Ella se da cuenta de la situación que está provocando y eleva aún más la tensión acercándose y sentándose sobre mis piernas, de espaldas a mí, a la vez que me coge las manos y me las posa en la barriga mientras con su culo juega a retozarse en mi abultado y excitado miembro.
  – “Cuando estaba en la terraza me puse muy cachonda recordando cómo me lo hacías… ¿Me ayudas a refrescar la memoria?”. 
Nos levantamos y la besé apasionadamente para seguidamente ayudarla a recostarse en la cama. No hizo falta nada más… aparté sus piernas y besé sus labios con toda la ternura y la lascivia que me fluía por el cuerpo. Saqué mi lengua y humedecí sus labios de tal forma que pronto estaba metiendo la punta en el interior. Se excitó tanto con mi juego que se bajó los tirantes del picardías, descubrió sus pechos hinchados y me rogó continuar dándola todo el placer que me fuese posible procurarla.

Los chupaba y acariciaba con suavidad, en el límite de las cosquillas. Ella gemía con fuerza. Estaba mucho más excitada que de costumbre. El simple roce de mi pijama en sus muslos la estaba poniendo a mil.

Metió su mano por debajo de mi pijama y comenzó a acariciarme el pene a modo de masturbación. Me deseaba y yo notaba sus ansias por sentirme de nuevo en ella.

Permití que me masturbase así durante un buen rato mientras yo continuaba perdido en esos pechos jugosos y suaves que están preparandose para alimentar y después volví a su boca para besarnos.

Cuando sentí que su excitación disminuía levemente, me separé de ella y regresé al calor de sus labios inferiores donde aún se podía sentir la humedad de sus deseos. Mientras mi lengua rebuscaba entre los pliegues de su clítoris, mojé el dedo corazón de mi mano derecha e hice que acariciase con suavidad el exterior de los labios hasta la parte baja de la vagina, donde ella convulsionaba de placer. Llegaba a abrirse el agujero tanto que permitía la penetración digital sin apenas rozarla. Deslicé mi dedo hacia el interior hasta la primera articulación. Mientras continuaba lamiendo y chupeteando el clítoris empecé a mover el dedo por detrás de la entrada de la vagina, hurgando todo el contorno. Como si buscase un tornillo pequeño en un hueco de un juguete.

La lubricación aumentaba y me aventuré a meter otro tramo de falange mientras continuaba hurgando el interior de la cueva. Bajaba con mi lengua hasta los labios y con mi dedo llegaba a acariciar el otro extremo del clítoris haciendo que ella jadease de forma incontrolada. Agarraba las sábanas con las manos tan fuerte que podría rasgarlas en cualquier momento.

Dibujaba dentro de ella una llamada al placer. “Ven, ven” gesticulaba con lentitud en su interior. “Ven, ven” traducía mi lengua en caricias a su clítoris. “Me voy, me voy” respondía su cuerpo entre gemidos y pequeñas convulsiones encima de la cama.
Aprisionó mi mano y mi cara entre sus piernas en un último gemido de placer. Había tenido un orgasmo tan placentero que se olvidó por completo de que yo estaba allí, metido entre sus piernas, procurándola el placer que ella necesitaba.

Dejó su cuerpo rendido al placer encima de la cama, al que cubrí con las sábanas y dejé descansar plácidamente.
Me había dejado con ganas de follarla, pero estaba más susceptible al placer que de forma habitual y había logrado hacer que tuviese uno de los orgasmos de su vida tan solo con besos y caricias.
Cuando despertó de aquél letargo, se encontró con un pequeño refrigerio en la mesita. Pensé que estaría hambrienta, pues no habíamos cenado.

Yo me había quedado dormido en el sofá viendo una película en la televisión, para no molestarla en su sueño.

La película era de acción y yo había pasado a esa fase del sueño en la que tu mente te transforma en un héroe y proyecta en primera persona la misma película de acción que hace unos minutos estaba introduciéndose por mis ojos.
Es inevitable no meterse en la piel del protagonista en todas sus escenas y viene a tu calenturienta y pervertida mente las escenas de cama con la actriz-modelo de turno. Unas escenas en las que te juegas el todo por el todo sin que tu pareja se sienta engañada.

Ella empieza a desnudarte y a acariciarte como ninguna de tus parejas anteriores lo había hecho y respondes con un empalme del quince del que crees que te va a reventar todo, desde el pantalón hasta el propio miembro.

Poco a poco comienzo a sentir cómo su boca me envuelve por completo y me hace una mamada de película. Lo estoy disfrutando tanto que ya no distingo la fantasía de la realidad. Lo cierto, es que empiezo a notar que en cualquier momento me voy a correr y me despierto con la cabeza de mi mujer entre mis piernas, moviéndola frenéticamente arriba y abajo mientras intento aguantar la presión que me sube por el escroto… Pero es demasiado tarde y reviento literalmente en su boca.

Noto cómo voy eyaculando largos chorros de semen a la vez que jadeo desesperado.

Ella me mira sonriente y rechupetea mi miembro para terminar metiéndose una gotita de la comisura de los labios dentro de la boca, lascivamente, con esa mirada entre juguetona y satisfecha por haber conseguido lo inesperado.
Se apoya en mis piernas para levantarse y se aleja a la habitación mientras se abraza a su tripita. Yo me levanto y me recoloco el pijama. Aún noto cómo me bombea bajo el pantalón.
Esta película ha dejado buena crítica, pero nadie mejor que ella para transformar esas escenas eróticas en verdaderas obras maestras del placer inesperado.

RE35 Caribeña

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Seguramente estaba borracho cuando la vi por primera vez, pero te aseguro que me quedé paralizado al verla allí, en la playa aquella noche, bailando cumbias, merengues o qué sé yo…
Era una joven dulce, de generosas curvas y tenía una sonrisa como si amaneciese el mundo por ella. Su piel suave parecía bañada por una fina capa de chocolate con leche y su olor, a pesar de la distancia, rivalizaba con las especias mediterraneas de los bazares y mercadillos de los que se habían impregnado mis sentidos en otros viajes.

Mi blanquecina corpulencia de gimnasio de barrio no se podía comparar con algunos que lucían una musculatura profesional y bronceado de muchas horas bajo el sol, pero ella admiraba mi compostura (aunque a veces yo mismo me avergonzaba de mi propia imagen ebria) y me regalaba invitaciones a lucir mi torpeza rítmica en la arena con melodías embaucadoras.

No sé porqué esa parte de la noche no la recuerdo muy bien, pero la que sí recuerdo es sentir su mano cogiendo la mía y su risa por toda la isla. Descubrir huecos en la sombra donde sus labios y los mios se encontraban repetidamente y caricias en nuestra piel, donde sus manos me hacían perder el sentido.

Me alojaba en un hotel pequeño de la isla, donde la tranquilidad y la escasa comodidad del alojamiento se suplía por un servicio excepcional y una discrección rigurosa.
Allí acabamos con nuestros cuerpos después de pasearlos por media isla, donde las esquinas, farolas y palmeras fueron testigos de nuestro frenesí y nuestra lujuriosa serenata.

Comenzó por quitarme lentamente los botones de mi camisa y la dejó caer a los pies de la cama para luego dejarse levantar el vestido que ocultaba el cuerpo divino que me iba a poseer durante toda la noche.
Su eterna sonrisa me enternecía y enloquecía de forma exponencial según se iban sucediendo las caricias y los besos. Desabroché su sujetador y me sorprendieron dos monumentales pechos que no dudé en tocar con mis manos como si acabase de hacer un descubrimiento arqueológico de gran importancia… Admiré sus pezones de gominola de cola en medio de galletas de chocolate durante unos segundos y a los que no pude evitar tirarme a devorarlos con suma gula. Por momentos me faltaba el aire, pero después de cambiar de uno a otro, me zambullía en ellos como si tomase aire entre brazada y brazada en la piscina del polideportivo.
Ella cada vez estaba más caliente y me lo transmitía con la húmeda sensación de llevar los pantalones mojados. Yo también tenía parte de culpa, pues también los iba mojando desde el interior.

Su tanguita no tardó en desaparecer, al igual que mis pantalones y mi slip. Continuábamos sentados en el borde de la cama besándonos, acariciándonos, comiéndonos lentamente el uno al otro… Sin apenas movernos conseguí penetrarla lo suficiente para arrancarla un gemido largo y dulce de su boca. Me levanté de la cama con ella aún penetrada y dejé caer su espalda donde yo estaba sentado. Se la saqué sutilmente y me deslicé hasta que mis labios se posaron en los suyos… pero no en su boca. Pasé mi lengua repetidamente por su entrepierna hasta que la zona estuvo muy húmeda.

  – “¡Qué rico, mi amor! – susurraba a la vez que su cuerpo se estremecía al compás de mis caricias.

Introduje un dedo mientras continuaba lamiéndola y la acariciaba con suavidad por el interior. Retorcida encima de la cama, gemía y convulsionaba de placer.
Saqué mi dedo de su interior y me quedé de pie frente a ella, que aún seguía tumbada sobre la cama. Me tendió la mano y la ayudé a incorporarse de forma que quedó justo a la altura de mi miembro al que se agarró casi automáticamente para besarlo y acariciarlo como nunca lo había sentido jamás.
Una felación divinamente ejecutada me permitió evadirme de todos mis sentidos salvo del tacto, cuya única entrada de sensaciones era mi pene, que remitía constantemente flashes con mensajes tan extraordinariamente potentes a mi cerebro que me proporcionaba un éxtasis continuo.
Sentía caricias húmedas de su lengua, el cielo de su boca en la punta de mi pene, sus voluminosos pechos arropando mi blanquecino receptor de sensaciones, un nirvana en la noche isleña, un valhalla con una guerrera de ébano, miel y leche, un baile al ritmo de nuestros corazones…

  – “Quiero sentirte al fín dentro de mí, corazón” – susurró devolviéndome a la realidad de la noche de placer.

Abandonó mi cuerpo para dejarse caer nuevamente sobre la cama y abrió sus piernas permitiendo un nuevo abrazo de nuestros cuerpos.
Me recosté sobre ella besándola en la boca y dejando que nuestros cuerpos hablasen por sí mismos. La penetré de nuevo sin dificultad y me moví sutilmente para que nuestros cuerpos se acomodasen fácilmente a este nuevo ritmo.
La penetraba enteramente y el sudor que nos desgarraba por dentro y por fuera brotó de modo traicionero mojando las sábanas en aquel paraíso nocturno.
Un delicioso olor a canela y flores tropicales emanaban de su cuerpo divino en la penumbra de la estancia. Los latidos de nuestros corazones se acompasaron y sincronizaron de tal manera que no necesitamos decir una sola palabra… lo sentíamos, lo vivíamos… Deseaba ser tan dulce con su cuerpo que aumentaba su excitación segundo tras segundo.
Con un leve gesto, me solicitó un receso que permitió que su cuerpo rotase encima de las sábanas y dejó su interminable espalda a mi merced, así como una jugosa invitación a continuar sorprendiéndola con mis delicados roces. Estaba tan caliente que dejó que mi pene acariciase su piel fina y perfumada varias veces.
Me alejé de su cuerpo lo justo para poder atacarla por detrás con suaves mordisquitos en sus nalgas, y de vez en cuando le regalaba una refrescante y calurosa caricia con mi lengua endemoniada a la que recibía y correspondía con jadeos sofocados por mi atención exclusiva. Plasmé las palmas de mis manos en sus nalgas como dos pinceladas maestras en un lienzo y profundicé con mi nariz y mi boca en la zona prohibida. Jadeó y su cuerpo aceptó mi desvergonzada proposición. Deposité una gota de saliva para esparcerla con lujuria desbordante por aquellos pliegues delicados y la flor se abrió lentamente para mi.
Continué acariciando el borde del agujero con mucho mimo hasta que ella misma me insistió a dar el siguiente paso.
Tras varias tandas de caricias superficiales en sus labios, mi miembro la penetró con delicadeza bajo un leve movimiento pendular regular hasta que la continuada lubricación por la excitación permitió la deseada penetración anal.
Me dejé llevar por su cuerpo y me agarré a sus caderas como unas garras hidráulicas. Follabamos en la habitación como si no hubiese un mañana. Sus monumentales pechos oscilaban en el lujurioso y perfumado aire sensual de la estancia al principio, hasta que terminaron rebotando descontroladamente contra su propio cuerpo a los pocos minutos.
Ella gemía y jadeaba con locura y ahogaba su éxtasis mordiendo con rabia la almohada mientras agarraba con sus manos los rebeldes pechos a los que estrujaba y retorcía a la par que aumentaba su excitación.

Notaba cómo su cuerpo me recubría por entero el miembro y lo requería para sí misma con tanta ternura y anhelo que comencé a sentir una fuerte presión en él junto con un cosquilleo y un deseo irrefrenable de poseerla con más fuerza. En pocos segundos la presión era incontrolable y culminó con un desesperado grito:

  – “¡Aaaaaauuuuurrggghhhh!.

Y un cálido agradecimiento salió de mi cuerpo para desembarcar en el placer en el que ella misma estaba sumergida.

  – “¡Aaaaahhhhmmmmm!.¡Qué rico, amor!.

Abandoné su cuerpo lentamente hasta que, una vez liberado, me recosté a su lado abrazándola con cariño y ternura. La besé y la acaricié bajo la sábana de algodón blanco hasta que caí en un profundo letargo.

Amaneció con un fuerte sol deslumbrándome la cara, y mi reacción fue la de buscarla con mi mano para aprisionarla contra mi cuerpo y oler su piel de nuevo… pero la cama era un océano desértico de arrugas de tela y sueño.
Abrí los ojos lo que me dejaba la claridad y mis oídos captaron el poco sonido que se oía en la habitación. Ella no estaba allí conmigo.

La cabaña era muy acogedora a pesar de estar dentro de un complejo de apartamentos sin lujos. Me levanté de la cama y salí al salón comedor. Una taza de café recién hecho humeaba encima de la encimera de la cocina. Detrás estaba ella, terminando de preparar el desayuno.

  – “Buenos días, amor. ¿Te he despertado?”.
  – “Claro que no” – contesté con una sonrisa adormilada – “Simplemente me desperté”.

Rodeó la meseta y se acercó a mi para abrazarme y besarme suavemente en los labios.

  – “Recupera fuerzas, cariñito… Anoche te dormiste en mis brazos”.

Acabé mi desayuno entre miradas pervertidas y una invitación sugerente…
Aún no había terminado mi café cuando ella se dirigió a la puerta del pequeño baño y se volvió hacia mí desde el umbral de la puerta. Llevaba puesta una toalla y la dejó caer dejándola desnuda por completo.
Me quedé admirandola con la taza en la mano, deseando tenerla a mi lado. Oí abrirse el grifo de la ducha y correr el agua. Se asomó brevemente a la puerta.

  – “Cuando acabes el desayuno, ¿vienes a enjabonarme la espalda?. Me voy a dar una ducha”.

Dejé inmediatamente la taza en la mesa y crucé el comedor para adentrarme en el baño. Me quité la poca ropa que por pudor me había vestido y entré en la ducha abrazándola por la espalda.
Puso sus manos sobre las mias y echó la cabeza atrás recostándose sobre mi pecho. Mojamos nuestros cuerpos bajo el chorro de agua templada y acaricié su cuerpo como si estuviese moldeando su figura en barro. Ella se dejaba hacer y yo estaba encantado de soñar despierto en su cuerpo.
Nos enjabonamos, ella se volvió hacia mi y me regaló un lavado de bajos que nunca en la vida hubiese imaginado. Enjabonó sus manos y con ellas empezó a acariciarme alrededor de mis genitales. Me besaba mientras lo hacía. La dulzura que manifestaba al hacerlo provocaba que poco a poco me fuese excitando. Agarró mi falo con sus dedos y comenzó a hacer movimientos de masturbación que me enloquecían cada vez más.
Cuando creí que iba a dejar de hacerlo, cogió la pera de la ducha, se arrodilló delante de mí y, con la misma dulzura con la que me había dado jabón, comenzó a enjuagarme. Con una mano dirigía el chorro de agua y con la otra me acariciaba, de tal forma que creí que iba a desmayarme allí mismo de tanto placer que recibían mis sentidos. Después de comprobar que no quedaban restos jabonosos en mi piel, cerró el agua, dejó la pera encajada en el grifo y fijó su mirada felina en mi cara.

  – “Voy a terminar de limpiarte, corazón…”.

Aquella expresión me dejó más atontado aún y, haciendo gala de sus buenas artes, comenzó a besarme mi excitadísimo pene a lo largo. Desde mis huevos hasta la punta de mi rabo, aquella diosa del sexo hizo que me flaqueasen las fuerzas en varias ocasiones. La chupaba como si fuese la única cosa que hubiese en el mundo. De vez en cuando abría sus redondos ojos y me lanzaba una mirada que yo intuía que lo hacía para ver si aquello que me estaba haciendo lo disfrutaba… y vaya si lo estaba gozando… Aquella sesión de masaje erótico en la ducha me estaba dejando totalmente descolocado. Era como una de esas fiestas en las que pierdes el control de todo el alcohol que has ingerido y terminas haciendo “eses” por la calle de camino a casa.
Ella abandonó el miembro y se incorporó de nuevo. Tomó la pera en su mano y abrió de nuevo el grifo. Guió el chorro de agua hasta mis genitales y dando un breve masaje por toda mi entrepierna con la otra mano me besó de nuevo.

  – “Estás muy limpio, papito” – susurró con una sonrisa malévola y pícara.

La besé y la abracé unos segundos para dejarme caer a sus pechos. Los acaricié y besé también para continuar deslizandome hasta poner una rodilla en el suelo de la ducha. La cogí por un tobillo y la guié para que posase el pie sobre la otra rodilla, de modo que dejó su entrepierna al descubierto. Pasé mis manos por detrás de las caderas hasta posarlas en su redondito culo. Metí la cara entre sus muslos y agarré sus nalgas con mis dedos, provocando que se incomodase por tanta atención.
Pasé mi lengua varias veces por los labios a la vez que mis dedos masajeaban su trasero y ella se dejó caer hacia atrás hasta tocar la pared con la espalda, adelantando su vientre para permitirme un acceso pleno al magnífico placer que ambos estábamos disfrutando. Disfruté varios minutos de su entrega total a mi boca hasta que me pidió entre jadeos que la hiciese suya como había ocurrido en la noche anterior.
Me incorporé lentamente y tomé su pierna elevada en mi antebrazo, dejando su paraíso íntimo expuesto a mi brutal empalme. Poco a poco la penetré sin dificultad y, arrinconada contra la pared, la follé con suavidad y con ritmo tranquilo, dejando que la pasión marcase los pasos más bastos a lo largo del encuentro.
Nos besábamos entre lujuriosas y fugaces miradas. Me rodeó con sus piernas y pude penetrarla con toda la fuerza que mi impulsiva cadera era capaz de ejecutar. Ella se dejaba hacer víctima de la pasión que flotaba en el aire, como el vaho que vagaba y se posaba en las paredes del baño.
Poco a poco iba incrementando el ritmo de mis penetraciones y ella las acompasaba con gemidos sufridos de placer irrefrenable.
La presión que sentía en mi falo era tan fuerte que no pude aguantarme por más tiempo.

  – “¡Aaaaauuuuggghhhhh…!”.
  – “Eres tan dulce mi amor…”.

Después de vaciarme por completo en ella la posé de nuevo en el suelo de la ducha tan suave como me dejaron las fuerzas que aún me quedaban.

Después de aquello la invité a comer en un restaurante cercano aunque ella insistía en hacer la comida en la pequeña cocina de la que disponía el apartamento.
Me regaló su divina sonrisa durante todo el menú, así que nos perdimos por las tiendas locales comprando algo de comer para la cena y algunos trapitos para ella.

Nunca imaginé que una mujer pudiese ofrecerse al placer y al deseo como lo hizo ella.

RE34 Fantasías eróticas de oficina

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  – “Necesito que me ayudes a cumplimentar estos documentos” – dices acercándote a mi mesa.
  – “Tranquila, te ayudaré”.
  – ” Eres un cielo de compañero”.

Tu cara refleja una sonrisa y un alivio esperanzador. Llevas poco en la oficina y entiendo que aún tengas dudas y te sientas insegura por no saber qué poner en los apartados. Apenas te conozco de hace unos meses, pero tu profesionalidad eclipsa cualquier comentario de las envidiosas que trabajan en otros despachos.

Vuelves a sentarte en tu cómoda silla y bajas la mirada a los documentos que tienes en la mesa. Tu bolígrafo se mueve con rapidez y soltura sobre el papel. Llevas el pelo detrás de la oreja sin levantar la mirada en un movimiento sutíl y automático. Continúas rellenando documentos, telefoneando y tecleando el ordenador como si fueses una actriz en una película americana…
Pierdo el tiempo mirándote con una sonrisa permanente, de la que me doy cuenta de repente y la borro de mi cara antes de que alguien se de cuenta que existe. Ni siquiera quiero que tú te des cuenta de mi pasividad.

  – “Te invito a tomar un café” – suelto sin premeditación.
  – “Si, claro. Lo necesito”.

Tu sonrisa invade el lugar como la brisa marina en otoño. Se iluminan las metálicas paredes y el espacio se llena de tu perfume. Es un perfume de flores y frutos. Dulce. Con un toque de melancolía y suavidad en el aire que respiro al pasar. Cojo mis cosas mientras miro cómo te pones la chaqueta. El traje te queda perfecto. No sé cómo lo hacéis las mujeres, que cualquier traje os sienta de maravilla. El jersey de cuello alto no deja ver tu figura más allá de lo que se pueda ver a simple vista. Abro la puerta y te invito a pasar cortésmente. Camino a tu lado hasta la cafetería y hablamos animosamente de nuestras particulares vidas.
Comentamos nuestros gustos, me descubres que te gusta la música romántica y me aconsejas algunos compositores que yo aún no conozco. Y hablas de su música como si hablases de tus amantes, de cómo te dejas llevar por la melodía y de la particularidad de sus composiciones. Las tazas de café ya están junto a nuestras manos y nos acomodamos en una mesa que da al ventanal del parque. Abres el sobrecito de azúcar y lo echas en el café despacio. La espuma de la leche envuelve los granos de azúcar y éstos se hunden lentamente. Remueves mezclando como si acariciases el café.
Después de un rato hablandonos, elevas la taza hasta los labios y soplas suavemente el café antes de tocar la taza con los labios. Me pierdo en esa imagen tuya frunciendo los labios, como si besases al vacío, si tuvieses un amante invisible, una intención sin fín de besar a alguien.
Mi primer delirio amanece ahí, en tus labios. Los miro mientras me hablas de tu música, de tus particularidades, de tu vida… y me pierdo en tu boca. Son suaves, carnosos, sutilmente maquillados con carmín y muy apetecibles. Me muerdo los míos admirando cómo tu boca emite sonidos angelicales de los que hace tiempo me despreocupé de escuchar. Ya no te oigo, sólo contemplo cómo se mueven tus labios. Es como ver las olas del mar desde un acantilado, suaves, ondulantes, regulares, acompasados… y cuando llegan a mi boca son fuertes, sabrosos, apasionados, alocados, sensibles y perfectamente deliciosos.

Por un momento se me ha ido la cabeza a pensamientos abstractos, a fantasías deliberadas, a sentimientos encontrados. Me imaginaba tus labios en los míos, tu boca susurrando mi nombre, tu respiración en mi cara, tu olor en mi piel… Imaginaba tus caricias en mi rostro como una cortina ondulando al compás del viento suave que entra por la ventana del salón.

Sigues hablándome de tí y yo te sonrío condescendiente a tus palabras…

Nos terminamos el café de las tazas y volvemos al trabajo. Intento no pensar en esas sensaciones que he tenido en la cafetería mientras tomábamos el café, pero no puedo. Quiero eludirlas, pero no consigo quitar tus labios de mi mente. Estás a tres, cuatro, seis metros de mí, pero es como si te sintiese besandome aquí. Miro tus labios una y otra vez y no consigo quitarme esa sensación de la cabeza.
Necesito salir de nuevo al exterior, a refrescar mis pensamientos, a despejarme de tí, de esta droga que llevas por perfume, a quedarme ciego hasta la hora de marchar…

Salgo y por un momento quiero obligarme a olvidar que estás dentro del edificio. Quiero volver a estar como antes de tomar el café, a que seas solamente mi compañera, a los “buenos días”, a los “que lo pases bien”, a los “nos vemos mañana”, a “no te olvides de archivar esto o aquello”, a tu sonrisa matutina, a tus gestos de preaviso, a tus rabietas contenidas cuando algo no te sale bien, a… simplemente tú y yo trabajando mano a mano…

Te levantas de la silla y la empujas hasta la mía. Vuelves y recoges los documentos pendientes y me pides de nuevo ayuda. Dejo lo que estaba haciendo para atender tu petición.

El problema que hay que resolver es simple. Sencillamente debo explicarte con ejemplos cómo solucionarlo. Me miras a los ojos como una niña que atiende a las explicaciones de su profesor favorito. Apoyas tu cara en la mano cerrada del brazo que tienes apoyado en la mesa de mi escritorio. Es como estar contándote una historia de princesas y príncipes, de amor, de romances, de pasiones ocultas, de castillos, de dragones y de encantamientos.
Te miro a los ojos y me pierdo en tus pestañas, largas, negras… Tus ojos son castaños, alegres, vivaces… Me hablan de tí más que tu boca. Me hablan de amistad, de cariño, de compromiso, de pasión, de deseo, de… nuevo me pierdo en tu cara y te deseo más que antes. Mi mente se introduce en tus ojos como una aguja fina y atravieso fantasiosamente tu mirada hasta tu cabeza. Llego a tu corteza cerebral y ahí suelto la bomba de relojería perfectamente cronometrada con los impulsos de mi corazón: “Bésame… bésame… bésame…” es mi cuenta atrás, la cual repito una y otra vez dentro de tu mente, como si te tuviese hipnotizada. Y ahí estás de nuevo, besandome. Mi imaginación alterna ejemplos con deseos y no sé realmente de lo que estoy hablando contigo. No me importa. Estoy tan absorto en mi cuenta atrás, en mi mantra, en mi hechizo fulminante de pasión desenfrenada que no me importa de qué te estoy hablando. Dejo que mi boca vague por su cuenta en las experiencias y mi cabeza continúa de forma independiente entre tus brazos, besándote, acariciándote, susurrándote una y otra vez que me beses, que me abraces, que me ames, me desees, me hagas tuyo en un arrebato primaveral de sentimientos expontáneos… “Por favor, bésame… bésame… bésame… bésame… bésame…”.

  – “Bésame…” – mi hechizo se hace voz.

Tu cara enrojece y palidece a la vez. Tu expresión se torna desconfiada, como si te hubiese leído el pensamiento, como si hubiese abierto la caja de Pandora.

Me doy cuenta de que he llevado más allá de lo extrictamente necesario todas estas sensaciones, todos estos sentimientos, todo este impertinente imaginario mío que se ha vuelto oscuro y prohibitivo. Te levantas de la silla y la empujas como un gran peso hasta tu mesa. Vas apesadumbrada, sobrecogida, como si te hubiesen descubierto los pensamientos… y yo, torpe de mí, me quedo acongojado en mi escritorio, muerto de vergüenza, empalidecido por no saber comportarme y llevar mis fantasías más allá de los límites establecidos en el convenio laboral.
Te deseo y ahora ya lo sabes.

Vuelves a sentarte en la silla preocupada, pensativa, distraída… No te atreves a levantar la mirada de tus papeles. Ahora tu bolígrafo ya no se mueve con la habitual soltura y gracialidad. Te tiembla el pulso, tu respiración es irregular y me haces sentir demasiado culpable para permanecer sentado intentando ignorarte.

Abro mi gestor de correo e inicio un mensaje nuevo.

De: despacho7mesa1@gestoria.online
A: despacho7mesa2@gestoria.online
Asunto: Lo siento

Dejo el cuerpo del mensaje sin cumplimentar y le doy a la tecla de enviar. Acto seguido me levanto de mi puesto y, como se va acercando la hora de marchar, decido hacer tiempo en la fotocopiadora. Cojo unas cuantas carpetas de mi escritorio, abro la puerta acristalada de aluminio y atravieso el umbral, dejando atrás ese ambiente tan cargado, donde mis fantasías dejan un rastro lastimoso de magia caducada y dan paso a un frío y estremecedor ambiente de soledad necesaria para ambos.

Atravieso el largo pasillo con paso lento. Voy arrastrando casi los pies y a cada paso que doy me voy lamentando de lo que he hecho. “Imbécil, idiota, zoquete…” me voy diciendo a mí mismo cada vez que un pie pisa el suelo.
Llego al cubículo del almacén donde está la fotocopiadora y entro en él cerrando la puerta con mi espalda. Dejo las carpetas sobre una repisa del archivador y me echo las manos a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza y dejando que el peso de mi cuerpo se apoye sobre la puerta del almacén.
Abro los ojos. Me quedo con la mirada perdida en el espacio vacío y la imagen de tu cara atormentada por mis palabras se refleja de nuevo ante mí, en mi propia mente, como un holograma futurista al que se puede acariciar bajo la luz del proyector y decirte tantas cosas…
Me muero de ganas de besarte y, sin embargo, no quiero perturbar esa conexión laboral tan maravillosamente construída desde el primer día que nos presentaron.
Me maravillaba tu espontaneidad, tu sonrisa matutina, tus ganas de trabajar, tus “buenos días”, tu generosidad, tu café de media mañana, tus guiños y muecas… Y todo eso se ha esfumado, se ha volatilizado, ha sido engullido por mi egocéntrica fantasía expresada en un sólo deseo: ” bésame”.

Maldigo mis ganas, maldigo mi ansia, maldigo mis sentimientos y maldigo mi suerte por haber dejado que todo ello llegase a este punto.

Doy los dos pasos que hay hasta la fotocopiadora, que está frente a mí. Compruebo que hay papel de sobra y coloco los documentos de la primera carpeta en el cargador de la tapa. Pulso el botón y la fotocopiadora comienza a devorar frenéticamente los papeles y a escupirlos por la bandeja de abajo de forma automática, repetitiva, escandalosamente ruidosa para mis oídos.

La hora de salir ha llegado y siento cómo, después de cuatro carpetas más fotocopiadas, el murmullo de la gente despidiéndose y saliendo por el pasillo en dirección a la calle atraviesa la puerta del cubil.
Otra carpeta más y tú tampoco estarás en la oficina. Abro la carpeta con parsimonia tras recoger las copias de la última carpeta fotocopiada y dejo las de la siguiente en la bandeja de carga. Oprimo el botón y el ruido de la fotocopiadora retumba en mis oidos de nuevo mientras tu cara de estupefacción regresa a mi mente.
Me invade una sensación de frío por mi espalda que me entristece aún más y me lamento por enésima vez por mi única palabra emitida que no fue estríctamente laboral. El ruido estridente y automatizado de la fotocopiadora deja de sonar. Oigo cómo detrás de mi se cierra la puerta del cubil. Ha debido ser el conserje en su ronda, aunque me parece muy pronto. No me importa. Recojo estos papeles y me largo. No tengo ganas de hablar con nadie después de lo ocurrido. Quiero lamentarme en soledad de lo sucedido. Ya veré cómo solucionar este problema cuando llegues por la mañana y no haya sonrisa, ni “buenos dias”, ni muecas, ni gestos de complicidad, ni café…
Meto los papeles en la carpeta y cojo el resto de carpetas para devolverlas a mi mesa. Giro sobre mis talones y me quedo petrificado al ver tu silueta entre la puerta del cubil y yo. Tienes esa sonrisa de por las mañanas. Me miras con dulzura y te acercas más a mí. Me acaricias la cara sin decir una palabra. Acercas tu cara, tus ojos, tu boca… y me besas suavemente, como una caricia con una pluma, como si tuvieses miedo de despertar a un monstruo legendario, como si yo fuese una trampa mortal que saltase a la mínima.
El calor de tus labios calma mi intranquilidad. La suavidad de tu piel me acaricia la cara y deja un rastro de serenidad en mi corazón. He sido tan brusco soltándote ese bombazo que me he perdido en mi empobrecida soledad durante un rato.

  – “Yo… También siento algo por tí… Muy fuerte… No sabía si me estaba volviendo loca…” – dices entre roces de intercambios sentimentales – “…pero ahora sé que tú también… Sientes esto conmigo…”.

Nuestros labios se pegan más aún y nuestros besos se vuelven más apasionados, más lascivos, más salvajes… Dejo las carpetas encima de la fotocopiadora sin dejar de besarte y te abrazo con fuerza. Necesito sentirte tan unida a mí que me resulta molesto no poder estrecharte entre mis brazos con mucha más fuerza aún.
Nuestras lenguas luchan por encontrarse en este intercambio de sentimientos mutuos y cuando se juntan, bailan al compás de una melodía tocada por angelicales querubines.

Mis manos bajan hasta tus muslos, te subo un poco la falda de tubo que marca tan bien tu figura de diosa arrastrándola con mis dedos y haciendo acopio de la fuerza de mis deseos, te elevo las caderas hasta mi cintura y te arrastro hasta la puerta donde tu espalda choca contra ella. Nuestro abrazo se vuelve más pasional y nuestro secreto se muestra más íntimo y sensual. Tus manos se pasean por mi cara y mi pelo en constantes caricias, suaves, cariñosas, sentimentales…

Quiero hacertelo aquí mismo, pero no quiero mostrarme demasiado efusivo y asustarte de nuevo.

  – “Lo siento” – vuelvo a rogarte entre besos y caricias.
  – “No lo sientas más… Ámame ahora… Hazme tuya…” – sollozas entre mis brazos.

Tiro del jersey hacia arriba, descubriendo parte de tu espalda. Busco cómo deshacerme de él y lo recojo hasta tus axilas. Subes los brazos y el jersey pasa por tu cara. Apenas hemos dejado de besarnos unos segundos y creo que han pasado horas. Dejamos caer el jersey a un lado y continuamos en ese eterno abrazo cargado de sentimientos ocultos.
Percibo que mi camisa te agobia y quieres deshacerte de ella igual que yo te he despojado de tu jersey. Dejas tus caricias a un lado y vas quitando uno a uno los botones de su ojal. La sacas del pantalón y me descubres el torso, y con un gesto grácil la tiras en el mismo lugar que yace tu jersey.
Tus brazos vuelven a rodearme y nuestras pieles se tornan frontera infranqueable que nuestros corazones no pueden traspasar para unirse. Nuestras bocas siguen hablando en su lenguaje particular y no concibo otra forma de mantenerme con vida si no es a través de tus labios. Siento el calor de tu cuerpo, ardiente, tenso, pasional, tan suave… Tus uñas desgarran la piel de mi espalda. Abandono tu boca y voy trazando un caminito de besos desde la comisura de tus labios por toda tu mandíbula hasta que mi nariz choca sensiblemente con tu pendiente. Desde ahí sigo mi camino de besos hasta tu cuello acompañado de una marcha de suspiros y jadeos que marcan un nuevo movimiento orquestal a nuestro apasionado encuentro.

Te bajo lentamente de mi cintura y cuando posas tus pies en el suelo retomo mi travesía por tu cuerpo. Desciendo desde tu cuello hasta tus pechos continuando mi caminito de besos. Los aprieto por encima de tu sujetador y me pierdo en la suave piel aterciopelada de tus senos. Respiro con fuerza entre tus pechos el aroma de tu aperfumada piel y suelto el aire recibiendo tus gemidos y siento la danza de tus dedos jugando con mi pelo, apretando mi cabeza contra tus pechos con fuerza.
Continúo mi caminito de besos permitiéndome el lujo de dejar tu sujetador sin desabrochar, aunque me lo hayas pedido incesantemente y desciendo hasta tu ombligo, tu vientre, que a cada momento se vuelve turbulento y oscuro de lujuria, y tu sexo, bajo la falda de tubo, que deslizo arriba frente a mi cara, dejando al descubierto tu ropa interior. Meto mi nariz e inpiro profundamente el aroma de tu sexo que empaña mi razón y despeja mis dudas sobre tu disposición a recibirme. Meto mi nariz entre tus labios y siento cómo se impregna de tí. Siento cómo tus muslos se abren más y vuelvo a inspirar con fuerza, rozando con mi tabique nasal tu sexo mientras te vuelvo a inspirar con fuerza. Gimes y bajas la cadera para sentirme más en tí. Abro mi boca y con los dientes inferiores recorro tu prenda para concluir en un pequeño mordisco final cerca de tu clítoris. Te derrumbas ante mi exagerada muestra de lujuria con jadeos y susurros.

  – “¡No me hagas sufrir más, por favor!. ¿A qué esperas?. Sabes que lo deseo…”.

Aparto la tela de tu entrepierna y saco mi lengua para degustar el manjar de tu cuerpo. Tu flujo cae en mi boca como miel templada que se desliza por mi garganta aliviando el dolor que llevo dentro. Muevo la lengua con delicadeza entre los pliegues de tu sexo y tu locura se eleva a un estado superior de lascivia.

  – “¡Ya no lo aguanto más…!. ¡Penétrame ya…!”.

Deseo acceder a tu urgente petición. Mi pene está húmedo y desea fervientemente salir de mi pantalón. Me bajo la cremallera y me desabotono el pantalón. Lo dejo caer hasta los tobillos y permito que me acaricies el pene por encima del bóxer. Son caricias sensibles, suaves, agradecidas… Me lo bajo también hasta los tobillos y quedo desnudo de cintura para abajo estableciendo un nuevo parámetro en nuestra relación laboral. Te agarro por detrás de los muslos y vuelvo a subirte sobre mi cintura. Mis traviesos dedos desplazan a un lado la tela de tu ropa interior y mi cuerpo establece un nuevo tipo de contacto con el tuyo. Nos miramos dulcemente cara a cara y nos sonreímos. Yo espero tu consentimiento y me quedo expectante ante tu rostro. Tus ojos destellan una mirada romántica, como la de una adolescente primeriza que descubre el amor por primera vez, pero de pronto se vuelve sensual, apasionada, lasciva, lujuriosa… como la de una depredadora nocturna, una vampiresa de novela, que busca una nueva víctima entre sus brazos.
Con un gesto suave y decidido, dejo que tu cadera ceda y mi pene se entrega rendido a tu sexo mientras de tu boca vuelve a salir un gemido, un jadeo, un suspiro de deseo…
Nos movemos rítmicamente. Tú bajas y subes la cadera al mismo compás con el que yo entro y salgo de tu cuerpo. La puerta marca nuestro vaivén con el sonido seco de golpear con el umbral. Lo hace muy lento al principio. Luego va “in crescendo”, acompañado de besos, caricias, gemidos, jadeos, sollozos… Me resisto a dejar tu cuerpo y embisto con ganas arremetiéndote con fuerza contra la puerta del almacén de la fotocopiadora, llegando a subir el ritmo de mis penetraciones hasta equipararlas con el frenético compás de la ruidosa máquina copiadora que escupe papeles impresos de tinta adherida con el calor que emana del interior de mi cuerpo hasta llegar a mi piel y se transmite a tu piel. Tu respiración es tan rápida y fuerte que el aire que fluye a través de tus pulmones se convierte en un canto de sirena que me envuelve en un hechizo lascivo y sensual, obligándome a enrudecer mis embestidas a tu cuerpo y dejar de ser el calculador, el solvente, el carismático, el juicioso, el resolutivo hombre con el que trabajas todos los dias y transformarme en un villano, en un pendenciero, en un pervertido, en un descontrolado… en un loco amante que desvaría en su mente y juega con tu cuerpo y con tus sentimientos. Siento cómo tu cuerpo se estremece, cómo tu abrazo se hace más afectivo, tus besos más alocados y tu respiración es ya un cúmulo de sonidos erráticos que preceden a una desorbitada liberación de pasión reprimida durante dias, semanas, meses… Tu orgasmo es un grito de júbilo entre mis brazos que transforma mis frenéticos embistes en aclamadas caricias en tu cuerpo. Te dejas caer en un conciliador desmayo de sensaciones mientras yo bajo tus muslos de mi cintura y me desuno de tí como dos cápsulas espaciales al sonido del vacío etéreo y distante.

Un último beso antes de salir del almacén sella nuestro encuentro prohibido. Una caricia que tu mano regala a mi cara me devuelve al odiado mundo real de mi jornada laboral, que ya ha terminado. Se escucha el cubo de la fregona de la limpiadora por alguna esquina de los despachos. Te alisas la falda de tubo tras haberte colocado el jersey de cuello alto de nuevo sobre tu piel sin dejar de lado esa mirada tuya con la sonrisa de haber realizado una travesura infantil, tu pelo aún alborotado y el temblor de tu cuerpo aún visible en tus piernas. Abres la puerta despacio, mirando a un lado y a otro para que nadie te vea salir del almacén, y recorres el pasillo apresuradamente hasta nuestras mesas donde tecleas algo en el ordenador, lo apagas, recoges tu chaqueta y tu bolso, desapareciendo del edificio como una sombra angelical.

Recojo la camisa del suelo y la abotono lentamente, intentando ordenar mis pensamientos. Termino de colocarme la ropa, cojo las carpetas y salgo del almacén a través del mismo pasillo que hace unos minutos has atravesado tú, presta, y retorno a mi mesa de trabajo. Dejo las carpetas y las copias ordenadamente y recojo mis cosas.
En la pantalla del ordenador veo los avisos de dos correos electrónicos…

De: despacho7mesa2@gestoria.online
A: despacho7mesa1@gestoria.online
Asunto: Re: Lo siento
Soy yo la que tiene que disculparse. Por un momento he creído que me leías el pensamiento. Llevo semanas dándole vueltas a la idea de traspasar el límite de lo laboral y lo personal, pero no sabía si tú me corresponderías. Ahora sé que sí. Por favor, pídeme de nuevo que te bese…

De: despacho7mesa2@gestoria.online
A: despacho7mesa1@gestoria.online
Asunto: Re: Lo siento
¿Te apetece cenar esta noche en mi casa?. Quiero compensarte por lo de esta tarde.

Sonrío. Cierro los correos y apago el ordenador. Mi chaqueta está en el respaldo de la silla, la descuelgo y me la voy poniendo mientras termina de apagarse el ordenador. Cierro la puerta del despacho tras de mí y salgo del edificio. Recorro la acera hasta el aparcamiento donde he dejado mi coche y en mi cabeza sólo hay espacio para tí. Te deseaba y he permitido que mis fantasías llegasen a detonar esa bomba en tu cuerpo. Desear que me besaras era lo único que se me pasaba por la cabeza y, ahora, me dirijo a tu casa con la conciencia intranquila, transtornada, embobada, desvirgada por la misma mujer que volveré a ver mañana en el trabajo, la misma mujer que me regalará su sonrisa matutina, sus “buenos dias”, su complicidad, su café de media mañana… ¿Podremos convivir con este secreto?.

RE33 Malditas rutinas

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Llego a casa después de un día de trabajo y ahí estás, leyendo un libro, tumbada en el sofá, medio desnuda.
Me sorprende que no te hayas inmutado con mi llegada. Tienes una sonrisa pícara y maliciosa dibujada en la cara. Tus ojos no se apartan un sólo segundo de las blancas páginas teñidas con tinta.
Me muevo por toda la casa y estoy seguro de que ni me has visto entrar por la puerta. Me voy a nuestra habitación y me quito el traje. Lo voy colocando cuidadosamente, como un ritual, prenda por prenda encima de la cama para terminar colgándolo en la percha del armario.
Me visto el pantalón del pijama y me calzo las zapatillas de andar por casa. Me quedo desnudo de cintura para arriba por culpa del calor y de las pocas ganas que tengo de vestirme más.
Vuelvo a la puerta del salón y desde allí te miro de nuevo… Sigues inmersa en el libro. ¡Dichoso libro!. Ni siquiera sé de qué trata, pero me dan ganas de cogerlo y tirarlo por la ventana, a ver si así consigo devolverte al mundo real.
Sí. Estoy cansado. Quizás esté un poco repugnante contigo, pero no estoy enfadado. Espeso, que se suele decir…
Paso de nuevo por delante de la puerta del salón y continúas leyendo. Con una mano agarras el libro y la otra te la has metido debajo de las braguitas, rascándote. Sigo camino a la cocina. Me preparo un café y busco algo para comer. Tengo apetito y necesito reponer fuerzas de un dia tan ajetreado.
Me siento en la mesa y le doy el primer mordisco al bollito que tengo en la mano. Le doy un sorbo al café y vuelvo a meter el bollito en la boca.
De fondo te oigo balbucear algo. Quizás mi nombre, no sé, no estoy muy atento. Aún estoy dándole vueltas a los problemas de la oficina y la cabeza la tengo ocupada.
Otro mordisco al bollito y de nuevo, un sorbo al café. Sigo pensando en mis problemas y le doy una y otra vez más vueltas a la cabeza…

Oigo otro balbuceo tuyo de lejos. Creo haber oído que me llamas. Me levanto apurando un nuevo sorbo al café y el último trozo del bollito. Tengo la boca llena y no puedo hablar, pero seguro que podré responderte con algún gesto o con alguna otra forma de comunicación. Salgo de la cocina recorriendo el pasillo y me voy acercando al salón. Tus balbuceos son más audíbles y distingo tu voz con más claridad. Llego a la altura del umbral de la puerta del salón decidido a presentarme ante tí, pero un nuevo sonido me frena; ¿eso era un gemido?.

Me asomo tímidamente tras la pared y dirijo la mirada hacia el sofá, donde te ví tumbada al entrar. Ya no tienes el libro en tu mano, ahora tienes las dos bajo tus braguitas. Y no te estás rascando como yo pensaba, estás masturbándote bestialmente en el sofá, con los ojos cerrados y tu cara refleja el intenso placer que estás recibiendo de tus caricias digitales. El libro yace medio abierto en el suelo. Tus piernas están abiertas y tu braguita parece reventar con tus manos bajo su tela. Estás tan inmersa en el placer que no te has dado cuenta de mi presencia. Verte así me hace sentir cosquilleos. Soy un voyeur improvisado y accidental en mi propia casa.

Sigues tocándote y sacas una de tus manos para descubrirte y acariciarte el pecho. Esa misma mano te la llevas a la cara, sacas tu lengua y humedeces tus dedos para lubricarlos con la saliva. Te los vuelves a llevar al pecho y acaricias el pezón con suavidad. Estás provocándote más excitación y te retuerces aún más entre gemidos y caricias.
Mi cosquilleo se va convirtiendo en calentura y noto como la mezcla de café y bollo se me va saliendo de la boca. Me doy cuenta de que estoy perdiendo la compostura y me lo trago todo de golpe.
Empiezo a notar una presión entre mis piernas y veo cómo me voy empalmando con fuerza. El conjunto de boxer con pijama frena firmemente mi erección y eso es molesto. Decido quitármelos y quedarme desnudo en el pasillo, mirando cómo sigues masturbándote en el sofá.
Mi pene comienza a eyacular y una pequeña gotita sobresale por el glande. Estoy calentísimo ante tan buen espectáculo. Me la cojo y yo también comienzo a masturbarme contigo. Despacio, muy despacio…

Estás tan metida en tus fantasías que decides quitartelo todo inmediatamente. La camiseta me descubre que tus pechos están generosamente excitados y tus pezones hinchados. Las aureolas son más grandes y tienen un color rosado muy llamativo. ¡Joder!, ¡te chuparía las tetas como un bebé!. Mi masturbación se ha vuelto más rápida y debo ralentizarla o me correré allí mismo, escondido tras la pared del salón, sin remedio.
Te quitas las braguitas y éstas recorren tus piernas hasta los pies. La visión que me dejas es espectacular. Tus labios están hinchados y se abren invitándome a estar a tu lado… ¡quiero metértela ya!, retumba en mi cabeza. Gimes con más fuerza y tus dedos se van metiendo lentamente en tu vagina… Debo aguantar un poco más…

Estás tumbada en el sofá, con una pierna sobre el respaldo y la otra casi en el suelo, retorciéndote de placer, temblando y jadeando sin parar a un ritmo frenético. Yo sigo de pie, parapetado tras la pared y masturbándome mientras continúo mirando cómo haces lo mismo con tu cuerpo. Estoy ardiendo y mi pene está reventando por momentos.

  – “¡Te siento tan dentro de mí…!” – balbuceas nuevamente.
  – “¡Sigue así, cari, no te pares ahora…!. ¡Mmmmm…!.

¿¡Me estás follando en fantasías!?. No puedo creérmelo… Me estás subiendo aún más la moral… y la calentura. Sabía que te gustaba hacerlo conmigo, pero ser el protagonista de tus fantasías sexuales es como un chute de adrenalina directamente al corazón. No puedo resistir estar más tan lejos de tí. Necesito ser tu fantasía hecha realidad.

Quiero presentarme delante de tí, pero te mueves en el sofá y cambias de postura.
Te pones de rodillas y metes la cabeza en el hueco que forman el apoyabrazos y el cojín, dejando la cara hacia fuera, mientras tu cuerpo se coloca con el culo en pompa y vuelves a poner a trabajar tus dedos en tu sexo…

  – “¡Hazme tuya de nuevo, mi amor…!” – me ruegas fantaseando.

No puedo aguantar más. Tu cuerpo exige mi presencia y yo no puedo quedarme impasivo, detrás de la pared, mirando cómo pierdo una oportunidad así de tenerte para mí.
Descalzo, me acerco sigilosamente al sofá y me coloco a tu altura, dejando mi pene a las puertas de tus entrañas…

  – “No voy a dejar que me lo pidas dos veces.” – te digo casi susurrandote.

Te sobresaltas y me miras pálida. Te he asustado, sacas tus dedos y te elevas, quedándote de rodillas encima del sofá.

  – “¿Cu… Cuándo… has llegado?” – preguntas aterrada.
  – “Aún leías cuando llegué”.
  – “¡Debería haberte preparado la cena. Perdóname!” – suplicas con los ojos humedecidos.
  – “No te preocupes, cariño mío. Podemos cenar después…” – intento tranquilizarte dándote un beso – “Ahora vuelve a tu fantasía”.

Te guío con suaves movimientos de mis manos a que retomes tu posición en el sofá.

  – “¿Qué estabas imaginando que te hacía?” – pregunto con curiosidad.
  – “Imaginaba que me comías y que tu lengua recorría todo mi sexo. Como hace tiempo que no me haces.” – me confiesas.

Me agacho y llevo mi boca a tu sexo. Saco la lengua y comienzo a lamerte desde tu clítoris hasta el ano. Siento cómo te da un escalofrío y un gemido se te escapa.

  – “¿Así es como lo hago en tu fantasía?.”
  – “¡No. Es mucho mejor!”.

Vuelvo a lamer del mismo modo y al final, meto mi lengua en tu sexo. Gimes de nuevo y pones tu cuerpo más accesible a mi boca.
Uno tras otro, los lametones se van sucediendo y tu cuerpo se tensa, se relaja, convulsiona y tiembla de forma alternativa y en un caos que sólo en tu cabeza puede describirse e imaginarse.
Dejo caer un poco de saliva en mis dedos e impregno con ellos un poco más tus labios mientras sigo lamiéndote en amplias pasadas con mi lengua. Toco tu clítoris y un nuevo gemido sale de tu boca. Lo acaricio con delicadeza. Necesito saber de nuevo cómo provocar que se excite como lo hacía antes. Llevamos tiempo sin hacerlo y tengo miedo de no saber ya cómo volverte loca. Muevo mis dedos alrededor del prominente prepucio y a lo largo de todo ese pequeño cuerpecito que va endureciéndose bajo los pliegues de tu piel.
Recorro con mis dedos tus labios por ambos lados. Me dejo llevar por el momento y paso uno de mis dedos por el medio. Necesito saber cómo estás de húmedecida.
Lleno el dedo de tu flujo y vuelvo a pasarlo por el mismo sitio. Otra pasada más y otro gemido más se añade a la cuenta de mis pequeños logros. No quiero apurar nada. Sólo quiero que disfrutes el momento y conseguir que tu cuerpo caiga rendido de satisfacción.
Hurgo con la punta de mi lengua en los pliegues de tu clítoris. Tus piernas tiemblan y yo me revelo como triunfador de tus deseos. Muevo mi lengua alrededor del pequeño saliente, lo acaricio con la lengua, lo chupeteo y lo meto y lo saco de mis labios con pequeñas succiones. Es un placer al que no puedes resistirte y acabas por sucumbir. Convulsionas y me ruegas que no pare. Me parece notar más calor en tu cuerpo y tu piel se ha vuelto más suave.
Meto un dedo dejando que resbale dentro de tí. El flujo cubre todas las paredes vaginales y acariciarte por dentro se vuelve sencillo. Busco dentro de tu sexo la forma de estimularte el clítoris por la retaguardia. Mi lengua te ataca por el frente y tus convulsiones me indican que pronto cederás a mis deseos…

  – “¡Aaaahhhmmm…!”.

Esa es la señal de tu orgasmo, pero no puedo quedarme aquí. Deseo recibir más de tí y quiero seguir dándote todo el placer posible…
Me pongo de pie mientras aún sigues con el culo en pompa en el sofá y dejo que mi pene se frote contra tu sexo con suaves roces. Apenas perceptibles. La gotita que rezuma en mi glande se diluye con tu flujo, proponiendo una mezcla más lubricada entre nuestros cuerpos.
Balanceo mi cuerpo levemente proporcionandote caricias insinuantes y lascivas que acompañas con gemidos entrecortados. Adelante y atrás, adelante y atrás, y mis caricias abren de nuevo tu cuerpo ofreciéndose a los placeres carnales.
Lentamente mi pene va adaptándose a tus curvas y entra sin resistencia en tu sexo. ¡Qué placer tan exquisito!.
Vuelves a gemir y acompasas mi ritmo con el tuyo. Liberas tus manos del sofá y te agarras el culo, separando los glúteos para que mi cuerpo avance sin problemas más dentro de tí. La saco y la meto con suavidad. Apoyo mis manos en tus caderas y me relajo en el movimiento balanceante de nuestros cuerpos.
Insisto en seguir acariciando tu clítoris y meto mis dedos buscando de nuevo el protuberante instrumento generador de placer. Mis caricias por tu cuerpo te provocan nuevos jadeos de placer, mis dedos cosquillean tu púbis buscando el centro del placer y me correspondes con movimientos de vaivén regulares haciendo más ruda y salvaje la penetración.
Vuelves tu mirada hacia mí y me miras con deseo y más lascivia que antes.

  – “¿Vas a correrte ya?.
  – ” No. Aún tengo mucho que hacer en tu cuerpo”.
  – “Pues no te explayes mucho porque mi coño está empezando a dolerme…”.

Ya estás donde quería tenerte desde hace mucho tiempo…
Siempre me provocaba mucha excitación llevarte al límite, pero ahora voy a hacerlo realidad. Vas a sentir cómo mi cuerpo se revela contra tí. Vas a ser testigo de cómo un hombre como yo ha aguantado tanto tiempo las mismas rutinas, esas malditas rutinas que me han estado martirizando día tras día y por las que nunca has hecho nada.
Te sigo follando un rato más. Quiero que me supliques que te la saque ya, y no tardas mucho en hacerlo…

  – “Cari, me duele mucho el coño, vas a tener que dejarlo ya”.

Ha llegado el momento. Te la saco y te cojo del brazo. Te arrastro hasta el suelo y quedas de rodillas ante mí, como una sumisa ante su amo.

  – “¿Qué haces?. Ya me he corrido para tí. Ya has conseguido lo que querías, ¿no?”.
  – ” Hasta ahora hemos hecho lo que querías tú, ahora vamos a hacer lo que yo quiera. No te levantes. Esto sólo acaba de comenzar”.
  – “¡¿Qué?!. ¡Estás loco!. Ya hemos follado”.
  – ” No. Hemos follado a tu manera. Ahora vamos a follar a la mía”.

Te agarro del pelo lo justo para no hacerte más daño del necesario y acerco mi pene a tu boca.

  – “¿No pretenderás que te la chupmmmmmmm?”.

No he dejado que termines la frase y he empujado tu boca hacia mi cuerpo. Mi pene se mete en tu boca abierta y fuerzo un poco para que acabes por meterla más. Tu saliva pronto comienza a salir goteando por la comisura de tus labios y resbala hasta mi escroto. Eso me da mucho placer, pero no te lo diré.

  – “!Calla y come!”.

Me muevo despacio y mi pene entra y sale de tu boca. Comienzan a caerte lágrimas por la cara y me miras sin entender porqué te estoy haciendo esto.
Continúo con los movimientos unos segundos más y la saco totalmente.

  – “¿Te gustaría complacerme por una vez?”.
  – ” ¿Es que no lo hago nunca?”.
  – “Siempre te digo que me quedo con las ganas, pero crees que corriéndome me quedo satisfecho. Ahora verás que no es así”.

Te ayudo a levantarte , giro tu cuerpo con brusquedad y te empujo de nuevo sobre el sofá. Abro tus nalgas y acerco mi húmedo pene al otro agujero inexplorado. Hace mucho tiempo desde la última vez que lo hice.

  – “¡Cari, por favor, no lo hagas!. Vas a hacerme mucho daño y sabes que no me gusta…”.

Recuerdo que las últimas veces tu cuerpo no respondió de la misma forma. Te follaba el culo cuando tu cuerpo convulsionaba salvajemente en la cama. Nunca lo quisiste admitir, pero te gusta y te excita muchísimo sentirla dentro de tí también por ahí.

Lubrico tu ano con un dedo impregnado en saliva. Empiezo con el exterior, acariciándote con suavidad mientras dejo que mi pene regrese a rozarte los labios vaginales como al principio. Sollozas. Quiero tranquilizarte y te beso el ano con delicadeza. Dejo que mi lengua humedezca de primera mano la zona y por un momento siento que has relajado los músculos.
Sigo lubricando a base de saliva y tu cuerpo responde a mis sugerentes caricias. Pequeños gemidos comienzan a salir de tu boca. Otra pasada más de mi lengua y los músculos vuelven a destensarse. Mi dedo lubricado comienza a meterse y a explorarte el interior.  Poco a poco vas dejando que entre mi dedo un poco más y quieres fingir que no te gusta, pero no consigues engañarme. Estás muy excitada.
Acerco mi pene a tu culo y mi dedo abandona tu agujero lubricado y abierto a mi placer. El glande se queda a las puertas y no insisto, pero tu ano, hambriento de sexo, lo engulle limpiamente y con mimo… A los pocos segundos ya estoy follándotelo pervertidamente.
Tras unos minutos, decido incluír un nuevo elemento al juego. La saco despacio y me miras intranquila…

  – “¿Por qué paras?. ¿Ya has acabado?”.
  – ” Ahora vuelvo. No te muevas de ahí ni cambies de postura”.

Me ausento brevemente del salón y me dirijo desnudo a nuestra habitación. Busco algo que hace tiempo que no uso contigo. Habitualmente lo tienes guardado en tu mesita, pero allí no está. Entonces recuerdo la última vez que lo usaste, lo lavaste y lo guardaste en el armario… Abro las puertas y busco concienzudamente. Lo encuentro en una de las estanterías de arriba, tras unas mantas. Lo cojo y también me aprovisiono del bote de lubricante. También lo necesitaré para mi próximo juego.

Llego al salón y te encuentro en la misma postura. Te acaricias el sexo y tienes metido un dedo por el ano. “¡Buena chica!”, pienso a la vez que sonrío. Embadurno el aparato con lubricante y hago lo mismo que hacía con mi pene a las puertas de tu sexo. Lo muevo despacio de adelante hacia atrás y vuelta hacia adelante. Jadeas de nuevo… Continúo frotando el aparato y acerco el pene a tu culo, donde aún ocultas tu dedo.

  – “Sácate el dedo y métela otra vez” – te ordeno.

Sin decir palabra ejecutas mis órdenes y esperas a que entre totalmente dentro de tí.
Después de unas penetraciones conjuntas con el movimiento del aparato, éste se mete dentro de tí y noto cómo choca repetidamente con mi pene dentro de tí. Hago un pequeño giro en la base del aparato y éste comienza a vibrar casi imperceptiblemente. Tu cuerpo se estremece y tus jadeos se hacen más fuertes. Tengo el control de tu cuerpo y puedo hacer lo que quiera con él.

  – “¿Lo echabas de menos?”.
  – ” Síiiiiii… Mmmmm… Mmmmm… Sabes cómo conseguir que me lo pase muy bien…”.
  – “Empezaba a sospechar que me hubieses sustituído por otro”.
  – ” Noooooo… Nuncaaaaaa… Mmmmmmmm…”.

Un pequeño giro a la base del aparato y la vibración se hace más sentida. Mi pene resbala por tu ano como si fuese tu vagina. Quería castigarte por no tenerme satisfecho, pero estoy dándote más placer aún. No puedo creerlo.
Embisto tu culo con fuerza. Tus manos se agarran al sofá con fuerza y jadeas de forma que podrías quedar afónica de seguir así una hora más. Giro por última vez el aparato hasta llegar al tope de potencia. El aparato vibra de forma descontrolada y lo siento a través de tu cuerpo que convulsiona salvajemente. Chillas y lloras de placer entre embestidas mientras nuestros cuerpos chocan brutalmente el uno con el otro. Esto es una locura y no quiero acabar. Comienzo a sudar y tu cuerpo hace ya tiempo que lo hace entre jadeos y convulsiones.
Siento cómo el aparato entra y sale de tí con un ritmo frenético. Lo he dejado en tus manos para proporcionarte una mayor fuerza en las embestidas, pero tú le imprimes más velocidad aún.

De pronto cierras tus piernas, apretando el vibrante aparato aún en tu vagina y dejando mi pene aún más prisionero de tu ano. Tus convulsiones son tremendamente fuertes y meto todo lo que puedo mi pene hasta el fondo. Lo mantengo unos segundos así y tú lo recibes como si fuese lo más preciado.
Te la saco y tu cuerpo se derrumba en el sofá totalmente extenuado tras los orgasmos que has sentido durante todo el encuentro.

Te dejo ahí, en el sofá tumbada, rota de placer. Tu sexo está enrojecido y en tu ano pueden meterse varios dedos…

  – “Te dejo que sigas leyendo tu libro…” – me despido temporalmente…
  – “¡Aún no he terminado este capítulo!” – me gritas aún espatarrada en el sofá.

Haces un tremendo esfuerzo para incorporarte y te arrastras desde el sofá hasta mí, a un par de metros del sofá.
Mi pene sigue erecto, deslumbrante por los jugos y tú lo buscas como a un tesoro. Gateas hasta mi posición y te arrodillas ante mí, con mi pene entre tus dedos. Tu lengua sale de tu boca y lame mi escroto. Metes mis huevos en tu boca y te deleitas jugando con ellos, chupándomelos de forma alternativa, mientras tus dedos me acarician el pene arriba y abajo lentamente. Mi pene se pone más tieso aún y aumentas el ritmo de tus movimientos. Me estás excitando aún más y noto como mi cuerpo se calienta rapidamente con el hervor de mi sangre. Mi piel quema y pierdo el control de mi cuerpo momentáneamente. Tu lengua pasa a humedecer mi glande al mismo tiempo que tus labios lo acarician con ternura. Subes más el ritmo de tus dedos y comienzo a sentir un cosquilleo por el interior del miembro que me indica que muy pronto voy a sucumbir a tus malas artes… Abres tu boca y dejas tu lengua bajo mi glande, haciéndo pequeñas caricias, mientras aguardas deseosa que libere mis fluídos.
Siento cómo la presión aumenta en mi pene y tú sigues haciendo lo mismo, esperando a que todo mi cuerpo se relaje definitivamente. Cierro los ojos con fuerza y aprieto los músculos de mi vientre con todas mis fuerzas. No puedo aguantar más y suelto el primer chorro de semen.
Abro los ojos y miro tu cara mientras continúo soltando pequeños chorritos más con los impulsos que involuntariamente provocan los músculos de mi cuerpo. El semen se ha depositado en tu boca y algunos chorritos se han depositado por fuera de tu boca.
Aprietas tus dedos para que todo el líquido salga de mi pene y llegue a tu boca. Tu cara muestra satisfacción. Me miras con lascivia aún y sigues lamiendo mi pene, ahora con suavidad.

Acaricio tu pelo mientras me proporcionas unos últimos besos antes de abandonarme definitivamente. Te pones en pie totalmente desnuda y con tu cariñosa mirada sales del salón en dirección a la cocina. Coges algunas cosas y vas preparando la cena. Te sigo unos segundos después y te ayudo con la mesa.
Me pides que te ayude a ponerte el delantal. Lo hago mientras acaricio tu cuerpo y te abrazo por la espalda. Resultas atractiva con el delantal sobre tu cuerpo desnudo.
Sirves la cena y te sientas sobre mis piernas… Comes un par de bocados y no puedes evitar abrazarme y besarme. Bebes un buen sorbo de vino de nuestra copa y te acomodas mejor entre mis brazos mientras continuamos comiendo.

Pienso en que nos estamos volviendo muy rutinarios, pero hay momentos que merecen ser vividos y sentidos con pasión y sin ningún tipo de pudor. Como cuando éramos adolescentes, pero con toda nuestra experiencia.
Leer las páginas de nuestro propio libro con nostalgia y reescribirlo una y otra vez con momentos como éste.

RE32 El Crucero (Atenas, final del viaje)

Amaneció y despertamos juntos al aviso de la alarma del teléfono.

Yo no quería despedirme de ella y ella tampoco de mí, pero ya estábamos frente el puerto de El Pireo de Atenas y era hora de despedirse.

Ilse se vistió su elegante uniforme y salió del camarote a regañadientes, besándome y acariciándome la cara con mucha pena.

Me vestí y preparé mi maleta. El barco estaba atracando en el puerto y todo el mundo estaba dispuesto con su equipaje para desembarcar.

Me dirigía a una de las escaleras para bajar del buque cuando apareció Ilse entre la gente.

  – “¡Coge este sobre y ábrelo cuando llegues a tu casa!” – me dijo abriéndose paso entre los pasajeros.

  – “¿Y no puedo abrirlo antes? – repliqué yo.

  – “No. Sólo puedes abrirlo cuando llegues a casa. ¡Prométemelo!”.

  – “Te lo prometo” – dije enrabietado.

Entonces Ilse me dió un último beso. Un medio pico que ambos queríamos transformar en un beso apasionado, pero por cortesía no podía hacerse realidad.

Desembarqué y en tierra me esperaban mis compañeros de crucero. Sabían de mis aventuras con Ilse y habían visto nuestra despedida junto a las escaleras.

  – “A mí también me daría mucha pena dejar un bombón así” – me dijo uno de ellos bajo la penetrante y fulminante mirada de su compañera.

Cabizbajo me fui acompañado de ellos hacia el aeropuerto. Cogimos el vuelo al anochecer y llegué a casa después de un largo viaje al atardecer del siguiente día.

Cené algo rápido y me fui a la cama. Durante todo el viaje sólo podía pensar en Ilse y ahora, a punto de meterme en la cama, seguía en mi cabeza… Todas aquellas noches, la brisa, las islas, el mar abierto, las ruinas, las historias… Todo era ella. Todo se teñía del rubio platino de su pelo y del azul cielo de sus ojos.

Recordé que me había dado un sobre y lo busqué por todo el equipaje. ¡No lo encontraba!. Me tiraba del pelo por mi mala suerte y me odiaba por ser tan olvidadizo.

Por último, miré en la pequeña mochila en la que llevaba la documentación. Saqué el pasaporte, los billetes, panfletos del barco, souvenirs de Grecia, fotos y otros papeles. Entre todo ello estaba el sobre que Ilse me había entregado. Lo abrí con mucho cuidado y saqué una postal del crucero navegando bajo un sol radiante. Le dí la vuelta y no había nada escrito. ¡¿Era una broma?!. Miré dentro del sobre y había una carta con el membrete de la compañía naviera. Una letra redonda y casi perfecta destacaba sobre el blanco del papel.

“Klubber Thor. Cap. Jürgen Gunnar Tøldersson. Oslo.”

Quedé sorprendidísimo. ¿Su padre era el capitán de un barco?. ¿Por qué me había dado las señas de su padre?.

Busqué el nombre del barco por internet y sólo me salían ofertas de rutas en el Báltico. Hice lo mismo con el nombre del señor Tøldersson y las mismas páginas salieron en el buscador… No entendía nada. ¿No había información o es que ya no sabía usar un buscador?. Estaba agotado por el largo viaje y no acertaba a pensar con claridad. Me volví a tirar de los pelos…

Me dormí pensando en ella. En sueños volví a tenerla entre mis brazos, a poseerla, a sentir su cuerpo, a sentir su boca, sus fluídos llenándome de su dulce sabor, mi pene siendo martirizado una y otra vez por su sexo y su boca. Volví a aquel camarote, a sentir el suave oleaje, a recorrer los puertos donde atracamos durante el crucero, el buque… Pero era todo tan distinto…

De repente, me desperté sobresaltado con una idea que me vino a la cabeza. Busqué la postal del crucero y le dí la vuelta. Allí, en un lateral del reverso, confirmé mi sospecha… “Klubber Thor Cruiser. Walhalla Sea Tours”.

Entré en la web que aparecía en el membrete y navegué hasta dar con lo que buscaba. Saqué mi tarjeta de crédito y confirmé el pedido…

Ahora debo preparar de nuevo la maleta. El “Klubber Thor” es mi nuevo destino. Un crucero por los fiordos noruegos me espera… y también Ilse…

… Y a saber qué aventuras más me depararán en este nuevo viaje.